Oscar Marful,coordinador del taller literario de la Fundación de la Calle a la Vida, nos cuenta un poco como fue el proceso creativo que terminó desembocando en "Barrio abierto".

En Enero de 2001, en un semáforo de Buenos Aires, me tocó ver a dos chicos que hacían sus malabares con unas pelotitas, delante de un camión que transportaba caudales.
Las contingencias del tránsito los habían dejado frente a frente.
Por un lado, los billetes, con sus ceros y sus próceres ordenados meticulosamente, viajando con custodia y aire acondicionado, y por el otro, dos pibes asándose al rayo del sol por un par monedas.
Pocas veces tiene uno la posibilidad de presenciar un contraste tan desmesurado.
En lo que tarda la luz de un semáforo en cambiar de color, el azar había montado una escena que mostraba con toda crudeza, el desamparo al que estaban expuestos algunos de nuestros niños. Y tal vez lo más violento, era, paradójicamente, la pasividad con la que todos aceptábamos esa tragedia.
Pensé largamente en el hecho, pero no fui capaz de transformarlo en ninguna acción concreta.
Lo que no sabía, era que precisamente ese mismo verano, a pocos kilómetros de allí, un grupo de amigos emprendía una tarea solidaria, destinada a proteger algunos de los derechos más esenciales de la niñez. Y lo hacían cuando el País más lo necesitaba.
De la Calle a la Vida, era el nombre que habían elegido para semejante proyecto.
Más claro, imposible.
Nueve años después los conocí, cuando me acerqué a la Fundación con la intención de armar un taller de lectura y escritura.
Conversamos un rato y después me llevaron a la sala de computación, donde me presentaron a los chicos, quienes tuvieron la cortesía de apartar la vista de los monitores para escucharme.
Les hablé de la propuesta, y el sábado siguiente volvimos a encontrarnos a las diez y media de la mañana. Así siguió pasando durante meses, sábado tras sábado, hasta que un día me di cuenta que las computadoras estaban apagadas, y sólo se encendían cuando terminaba el taller.
En otras palabras, el Facebook le había hecho lugar a la lectura sin que nadie lo notara.
Poco a poco algunos chicos se fueron animando a escribir sus propias historias, sus propias ficciones, al tiempo que otros las ilustraban, con la generosa ayuda de Jorge Mikelman, un profe de arte amigo, amigo del arte.
Así se gestó “Barrio Abierto”. Los textos y los dibujos se fueron acumulando, y el hecho artístico tomó cuerpo, hasta terminar convertido en este libro.
Toda manifestación artística requiere creatividad y trabajo. Pero en este caso, los autores, también han tenido que aportar valentía y confianza. Eso es algo que quiero agradecerles por escrito, públicamente y para siempre.
Claro que sin el apoyo de la Fundación de la Calle a la Vida, nada de esto hubiera sido posible. Así que, vaya también mi agradecimiento a esa banda de porfiados, capaces de sembrar en medio de la tormenta. Y el orgullo de contarlos hoy como amigos entrañables.
Quisiera dedicar estas últimas líneas para desmentir enfáticamente que ésta haya sido una labor desinteresada.
Es hora de que el lector sepa de una vez por todas, que tanto mis compañeros de la Funda, como los autores de este libro y yo, hemos puesto en este proyecto muchísimo interés. Mucho más que el que hubiera devengado aquel camión recaudador de caudales, repleto de dinero.
Oscar Marful
(Coordinador del taller literario de la Fundación de la Calle a la Vida. Barrio abierto es un libro de cuentos, escrito e ilustrado por chicos que tienen entre 8 y 16 años que viven en la villa El Mercado, en Caseros, Pcia de Buenos Aires.)