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¿Educando pequeños adultos o niños pequeños? Por Laura Diz, Psicóloga Social.


Hoy quiero contarles dos situaciones que me llevaron a escribir esto.

Estaba en el shopping con mis hijos, mientras conversábamos esperábamos la comida. Hablábamos de juguetes, del cine, ¡querían todo! en fin.
Jugaban entre ellos, se hacían chistes, inquietos de andar bastante y con hambre.
A nuestro lado había 3 hermanitos (eran todos muy parecidos), uno de 5, otro de 7 y uno de 14, más o menos. Los tres sentados, sin moverse de la silla, unos “señoritos”. Llega otro hermano como de 20 años y trae la comida, al más pequeño le da el juguete de la Cajita, lo mira, lo deja y comen.
Así, los 4, perfectamente sentados. Me preguntaba como los habrían educado ya que tenían una conducta “perfecta”, ninguno se hacía cosquillas (tan habitual en los míos), ni reían ni peleaban por la papa frita más grande, o se paraba de su lugar…
Aún así en ningún momento hablaron entre ellos, nada, ni una palabra, ni se miraron, los dos mayores con su celular, otro con su juguetito, y me quedé pensando….eran pequeños adultos.

La otra situación se dio en el pediatra.
Frente a mí una mamá con 3 hijos, un varón de 4, una nena de 5 y otra de 8.
Los tres correteaban por la sala de espera, se tiraban al piso, jugaban, se sacaban los juguetes, aunque no gritaban, ni se agredían.
La mamá estaba bastante alterada, les decía que vendría la policía a buscarlos, que se sienten y se queden quietos, que ya “eran grandes”. Nada funcionaba para que se porten como ella quería, hacía más de 45 minutos que esperaban su turno.
Mi hijo de 6 estaba perfectamente sentadito, callado, ¡¡¡¡¡¡qué felicidad la mía!!!!!! pero claro, tenía casi 40 de fiebre….


Desde el nacimiento de la Psicología Social, Enrique Pichón Rivière* marca un avance revolucionario en el estudio de las relaciones, ya que no solo observa como un sujeto se relaciona con otro, sino también cómo este segundo se relaciona con el primero modificándose mutuamente.

¿Qué significa esto?
Que para poder analizar la conducta de un niño no basta con solo observarlo a él, sino que es necesario ver cómo lo afecta el vínculo con otro.
Esto nos hace pensar entonces que, una conducta desarrollada en cierto lugar y cierto momento, SIEMPRE tiene que ver con las relaciones en el aquí y ahora: con otra persona (niños, adulto), con el lugar en que se desarrolle esa conducta (la casa, la escuela, una salida)

¿Qué esperamos los padres cuando educamos a nuestros hijos?
¿Qué sean niños o pequeños adultos?

¿Qué cosas tenemos en cuenta? ¿Cómo se portan o cómo queremos que se porten?
¿Lo hacemos por ellos o por nosotros?
¿Para quién educamos?
¿Tenemos en cuenta sus necesidades?
¿Podemos ir al supermercado, y estar 3 horas haciendo las compras del mes, y esperar que los niños tengan un comportamiento que ni un adulto puede sostener?
¿A qué le llamamos “portarse bien”?

Saber que las conductas no siempre son intencionales también es bueno para poder tranquilizarnos al momento de decidir qué hacer ante esas reacciones en los chicos.
Ser comprensivo no significa ser permisivo.
¿Somos coherentes en las conductas que esperamos que el niño tenga?
No podemos esperar el mismo comportamiento en una plaza, donde se puede correr, gritar un gol, o rodar por el pasto, que en la cola del Banco, tampoco lo podemos permitir.
Saber tanto nosotros como nuestros hijos dónde se puede y dónde no, es algo que tiene que estar claro.
Dejarlos escribir las paredes para que nos dejen hablar por teléfono, o saltar en el sillón cuando en otro momento no se lo permitimos, es confuso para luego esperar que acepten un NO.
Sostener las mismas consignas es muy saludable, para que los chicos sepan dentro de qué parámetros pueden manejarse.
Si estamos agotados no olvidemos que las reacciones (de ambos) dependerán precisamente de cómo nos vinculemos, somos padres y la paciencia muchas veces juega en contra.
Las amenazas (¡Cuando venga tu padre!, ¡la próxima vez...!) son bastante comunes hoy en día, el niño siempre está atento, y si decimos algo tendremos que cumplirlo, tanto la reprimenda, como el premio por una buena conducta.

No siempre un niño violento viene de una familia violenta.
Buscar tiempo para observar esas conductas es útil para poder comprenderlo, ciertas reacciones pueden surgir por no poder expresar de otra manera el enojo, miedo, descontento, euforia. Lo mismo nos pasa a los adultos.
Tener claro este concepto nos ayudará a no echar culpas afuera, siempre influimos en la conducta de las personas con las que compartimos momentos, por lo tanto siempre somos responsables de lo que suceda.

Pequeñas conversaciones entre los niños que han peleado, o entre padres e hijos, pudiendo poner en palabras lo que se siente, es un buen ejercicio para que los sentimientos se vayan encaminado en acciones positivas. Los adultos también debemos aprender eso.
Es imprescindible informarse acerca de los comportamientos esperables para cada edad evolutiva, por ejemplo: si un niño pega, o hace berrinches, o no quiere caminar de la mano, o no responde a las consignas.
Un niño que hace caso en todo, tampoco es algo esperable.
Tanto para los padres como para los docentes, es necesario no esperar para pedir ayuda cuando no se encuentran herramientas para mejorar la situación.

En el caso de los docentes, muchas veces se busca mejorar la conducta de cierto niño, el cual puede tonarse inmanejable.

Sería adecuado pensar en técnicas para optimizar el vínculo grupal, ya que como vimos más arriba, las conductas siempre dependen del vínculo con el otro, y también del entorno.
Conviven cada día en el salón escolar, muchas personalidades, por lo que se hace difícil tratar de manera “individual” las características de cada uno; al propiciar la comunicación grupal el nivel de ansiedad baja permitiendo que cada uno pueda sentirse parte de un grupo, también ver que los resultados de ese grupo dependen de todos: cada uno es parte de ese gran rompecabezas.

Trabajar precisamente las habilidades sociales que se observen más débiles (solidaridad, colaboración, respeto por el otro, escucha) refuerza la educación traída del hogar.

Educar no es tarea fácil. Es un trabajo de todos los días.
Los niños nos observan y copian, por lo tanto seremos el mejor ejemplo para las conductas que esperamos que tengan, para que puedan crecer de manera armoniosa.
No es fácil ser educador, hagamos lo mejor que podamos, siendo conscientes de ello.

Un adulto que grita enseña a gritar.
Un adulto que agrede enseña a agredir.
Un adulto que dialoga, enseña a dialogar.




Autor: Laura Diz

Psicóloga Social, Especialista en Gestión Educativa y Diversidad




* Enrique Pichon-Rivière (25 de junio de 1907 – 16 de julio de 1977) fue un médico psiquiatra suizo nacionalizado argentino, considerado uno de los introductores del psicoanálisis en la Argentina y generador de la teoría de grupo conocida como grupo operativo.
En la década de los años 40 se convirtió en uno de los miembros fundadores de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y en la década de los 50 participó en la creación de la Primera Escuela Privada de Psicología Social.

Imagen: psicologialaguia2000.com




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♥ ¡Gracias Laura! ♥




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