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LA AVENTURA DE LEER



por Gustavo Roldán

Texto pronunciado por Gustavo Roldán durante el Congreso Mundial de Bibliotecas e Información IFLA 2004 "Bibliotecas: Instrumentos para la Educación y el Desarrollo" (Buenos Aires, Argentina, agosto de 2004) y publicado en Imaginaria con su autorización.

La aventura de leer de verdad comienza tarde —si comienza— en la mayoría de los países de Latinoamérica. Con un tiempo atrasado, cuando ya se han perdido varias batallas. Pero todos sabemos por largas experiencias que perder una batalla no es perder la guerra. De ahí la responsabilidad de recuperar espacios que fueron negados, aunque no necesariamente para siempre. Hablo desde mi lugar de escritor, y hago algunas reflexiones sobre un panorama por el que transito como autor de libros que se insertan en la escuela y la comunidad. Por lo tanto mis observaciones no son las de un especialista en bibliotecas. Sí las de quién vivencia día a día circunstancias muy ligadas a la lectura desde su quehacer recorriendo el país.

Desde su primer día de vida un recién nacido se encuentra rodeado por una familia y un aparato con música, con palabras, con colores, con movimientos, sin problemas de tiempo como los padres, que tienen que trabajar —o buscar trabajo—, cocinar, atender los múltiples conflictos, grandes y pequeños, que aparecen todos los días. Y un chico crece acunado por una familia —armada o desarmada— y un televisor.

Estas presencias, durante largo tiempo, hablamos de años, sin duda genera un acostumbramiento y una naturalización de cómo es el mundo y cuáles son los elementos fundamentales que componen la realidad. Y el acostumbramiento, lo sabe cualquiera, puede regir nuestros sistemas de vida porque es lo más seguro que conocemos y nos sirve de apoyo, nos da una cierta estabilidad y nos defiende del cambio, algo que siempre produce una dosis de miedo.

En un mundo donde se derrumban los valores, todavía —creo, quiero creer—, todavía quedan los libros como un baluarte de la dignidad. Un libro es una llave, es una puerta que puede abrirse, es una habitación donde se encuentra lo que no se debe saber, es un ámbito de conocimiento de la verdad y de lo prohibido, que deja marcas que después no se pueden borrar.

¿Pero dónde están los libros? La pregunta, como todas las preguntas, tiene muchas respuestas. Una primera aproximación sería: están en las librerías y en las bibliotecas, privadas y públicas. Pero en las librerías están los libros para los unos y en las bibliotecas están los libros para los unos y los otros. Hacen falta ciertas precisiones para entendernos. Por ejemplo, ¿desde dónde estamos hablando? ¿De qué pueblo, de qué ciudad, de qué país?

Solamente puedo hablar desde un aquí y un ahora, desde esta Argentina a comienzos del siglo XXI, aunque sea un aquí demasiado complejo, porque no es lo mismo la biblioteca de una escuela en un pueblito del Chaco que algunas de la Capital Federal. Y además vienen las confusiones y los malentendidos. Es muy probable que casi todos los presentes hayan supuesto que yo hablaba de las ventajas que tiene la biblioteca de Buenos Aires. No dije eso. Dije que no era lo mismo.

Posiblemente la escuela de Buenos Aires tenga una biblioteca con miles de libros, y la de ese anónimo pueblito tenga apenas una docena. Pero como no se trata de los números de la televisión, donde la mayor cantidad siempre es lo mejor, lo que interesa no es cuántos libros están en los estantes sino qué se hace con ellos.

Otro preconcepto es que en un lugar donde las calles son de tierra tiene, por naturaleza, menos posibilidades en cualquier aspecto.

También es verdad, pero no del todo. Carecer de ciertas cosas no impide tener riqueza en otras.


La puerta prohibida

Aunque muchos la recuerden, les cuento de nuevo la historia del Barba Azul, de Perrault, que no sé por qué me vino a la cabeza hace poco. Y esto no hace más que demostrar una vez más cómo funcionan los cuentos, que se quedan dando vueltas hasta que un día, diez o cincuenta años después, se les ocurre presentarse en nuestra memoria.

La cuestión es que de repente apareció Barba Azul, y me puse a pensar qué estaba haciendo ahí, hasta que entendí que me estaba explicando algunas cosas de ésas que uno nunca termina de entender.

En síntesis, la historia dice así: Barba Azul era el hombre más rico, poderoso, noble y todos los etcéteras como para ser el mejor partido para las mozas casaderas. Pero tenía un problema, su barba azul producía rechazo entre las doncellas en edad de merecer.

Tras algunas vueltas en la historia, Barba Azul se casa con una joven, seducida, pese al color de la barba, por su simpatía y su enorme riqueza, a la que lleva a vivir en uno de sus castillos. Después de un tiempo el noble anuncia a su esposa que debe hacer un viaje por varias semanas y la deja a cargo del castillo, aconsejándole que invite a su familia y a sus amistades a gozar de las comodidades de un lugar lleno de encantos.

Barba Azul le entrega las llaves de todas las dependencias, incluso las de donde guarda sus tesoros. Todo queda a su disposición pero, enseñándole una pequeña llave, le indica que ésa pertenece a una habitación donde le está terminantemente prohibido entrar. Después parte.

De inmediato llegan parientes y amigos a disfrutar de las comodidades y placeres del palacio, pero la joven, dueña de todos los lugares, sólo siente curiosidad por conocer la habitación donde tiene prohibida la entrada. No cuesta mucho imaginar qué es lo primero que hace.

Busca la pequeña llave y abre la puerta prohibida. Ante su sorpresa y desesperación encuentra varias mujeres degolladas colgando de las paredes —anteriores esposas de Barba Azul— y, cuando trata de huir, la llave se le cae y se mancha con la sangre que cubre el piso.

La joven corre a su dormitorio y trata de lavarla, pero se trata de una llave mágica que por más que la limpie y la friegue de un lado, la mancha de sangre aparece del otro lado. Y en esos momentos de desesperación regresa Barba Azul, que vuelve antes de tiempo, ya que sus problemas se habían solucionado.

La joven es descubierta al entregar la llave manchada y su esposo saca un puñal y le dice que la matará. Ella pide unos minutos para encomendarse a Dios y él se los concede. Cuando queda sola llama a su hermana y le pide que suba a la torre a mirar si llegan sus hermanos, que habían prometido visitarla ese día. Tras una larga espera en que los hermanos no aparecen y no aparecen, se cumple el tiempo estipulado. Entonces llega Barba Azul y se apresta a degollarla, pero cuando está a punto de hacerlo entran los dos hermanos de la joven y lo matan. Fin de la historia, más algunos entretelones de final feliz y una moraleja de remate.

Hay una puerta prohibida, hay un lugar que no se debe ver, hay una llave que no debe usarse, hay un castigo a la curiosidad que puede ser mortal, hay sangre que deja marcas imborrables, todos símbolos donde el psicoanálisis puede abrevar hasta cansarse. Pero ahora sólo me interesa hacer una relación: la que puede establecerse entre la historia de esa llave, de esa puerta, de esa prohibición, de esos castigos anunciados, y la presencia de un libro.

Un libro —repito— también es una llave, es una puerta que puede abrirse, es una habitación donde se encuentra lo que no se debe saber, es un ámbito de conocimiento de la verdad y de lo prohibido, y también deja marcas que después no se pueden borrar.

Pero aquí lo que estamos haciendo es todo lo contrario de lo que aconsejan las moralejas. Estamos incitando a violar las normas, a utilizar la llave y penetrar en la sala prohibida, a satisfacer la curiosidad y buscar el conocimiento, a negarnos a permanecer en la ignorancia y la pura costumbre, aunque debamos enfrentar algún castigo que no sabemos bien cuál es. Y no olvidemos que en este caso no van a aparecer dos soldados valientes, capaces de lograr un final feliz.

Tal vez también estemos haciendo otra cosa, negar la justicia del castigo, pensar que todo podría ser de otra manera y que las leyes no necesariamente son siempre justas.

Quiero detenerme aquí un momento y precisar por qué no me convencen absolutamente nada las prácticas hoy muy repetidas de métodos de incentivación como lecturas veloces, premios por leer más rápido, incitaciones a la cantidad, y a la competencia de pagos por cada libro leído.

La literatura, el arte en general, exigen un tiempo que está implícito en el propio texto, en la melodía de un poema, y en la conexión que el lector hace con el texto. Convertir esta lectura en un premio a la cantidad es bastardear la armonía y la belleza y convertirnos en aquellos turistas que, para ver una obra de arte en una exposición mundial —hecho no muy lejano ocurrido en el Japón— tuvieron que pasar sobre una cinta sinfín frente a La Piedad de Miguel Ángel poder verla ¿verla?, durante unos pocos segundos, admirados por el valor en dólares de la obra.


La mirada del escritor / Las bibliotecas

La mirada crítica es un imperativo moral para el escritor. En un mundo donde la injusticia se hace evidente si observamos de las cuatro esquinas de la Tierra, lavarnos las manos puede hacernos parecer a cualquier miembro o empresario de la farándula, para quienes los problemas de los que tienen hambre, de los que mueren todos los días, se soluciona ignorando su existencia.

Se podría pensar que es imposible ignorar la barbarie ilimitada que nos rodea. Pero al parecer no es tan difícil, basta con cerrar los ojos o mirar para otro lado. Y la muestra de lo fácil que resulta está en que la barbarie sigue a nuestro alrededor y sólo nos alarma cuando suceden extremos de violencia que vulneran los límites de lo que ya hemos aceptado como una realidad cotidiana. Ese día organizamos marchas, llevamos pancartas, velas encendidas, grandes carteles, gritamos enfurecidos, exorcizamos por un rato la barbarie y volvemos a descansar con la conciencia tranquila, satisfechos por el deber cumplido.

Mañana los diarios, los noticieros de la televisión, las radios, pondrán en evidencia el éxito de las manifestaciones, mostrarán las docenas de miles de participantes, y sentiremos algo así como una alegría porque comprobamos que vivir en democracia tiene múltiples ventajas. No objeto las marchas, las protestas, los gritos, las manifestaciones. Me preocupan cuando son apenas una descarga que se satisface a corto plazo y volvemos —los que podemos volver— a la paz de la mesa bien servida.

¿Pero esto es vivir en democracia? Si no recuerdo mal lo que me enseñaron en la escuela, democracia es un sistema de gobierno en el que el pueblo ejerce la soberanía. Si esto es así, algunas cuentas no me cierran. El cincuenta por ciento de los argentinos vive en el nivel más bajo de la pobreza, más de nueve millones directamente en la miseria, tres de cada cuatro chicos menores de 12 años son pobres. Somos un país con 36 millones de habitantes, y si éstas son las estadísticas de nuestra realidad, estamos lejos de haber comprendido el concepto de democracia.

Y éste es el lugar de la historia donde las bibliotecas cumplen —o pueden cumplir, o debieran cumplir— un papel fundamental. En una sociedad donde los libros se convierten en un artículo de lujo —y como todos los artículos de lujo fuera del alcance de un altísimo porcentaje de la población—, ponerlos en la mano de la gente es una obra estupenda que puede complementar aquellas antiguas Obras de la Misericordia, uno de los grandes pensamientos de la humanidad. A aquel "dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento" agreguemos dar libros al que tiene esa otra sed y esa otra hambre tan necesarias de ser satisfechas para lograr el desarrollo del hombre.

Aclarando que este "dar" nada tiene que ver con la beneficencia.

Comencé hablando del escritor y aquí el tema que nos convoca son las bibliotecas. Lo que pasa es que no puedo separar una cosa de la otra, como no puedo separarlas del punto final del recorrido de una obra: el lector.

Si las bibliotecas dan de comer y beber, buscando saciar esas otras hambres, es evidente que están cumpliendo una función social, resolviendo carencias, cerrando las brechas que tantas veces quedan abiertas porque suponemos, tal vez con razón, que las otras hambres son más urgentes. Pero lo urgente no puede reemplazar para siempre a lo importante, porque entonces no estaremos atendiendo más que a las necesidades de la sobrevivencia inmediata.

Es claro que lo libros no están solamente en las bibliotecas. También están en las librerías, pero en las bibliotecas se encuentran —o deberían encontrarse— acompañados por una mirada experta, por un ojo crítico, cómplice de la literatura, no de las ventas, hábil para separar la paja del trigo para ayudar al lector, especialmente al que se inicia, y proponerle las opciones más beneficiosas. No es una tarea simple, como no es simple la tarea del pequeño lector que da sus primeros pasos a tropezones y para el que cada caída puede ser sentida como un paso para atrás. La del bibliotecario es una tarea ardua y llena de responsabilidades, porque el éxito o el fracaso de la formación de lectores está en gran medida en sus manos. Asumir esa responsabilidad, hacerse cargo del verdadero objetivo que conlleva, creo, es la apuesta central de su profesión, no la de entregar libros con un automatismo de gestos repetidos de manera mecánica basados en la pura técnica.

Las bibliotecas escolares forman parte del mismo establecimiento donde se enseña a leer. Su función complementa los trabajos realizados en el aula, que son enseñar las técnicas de la lectura, enseñar a decodificar esos signos que llamamos letras con los que se forman las palabras y aprendemos a leer. Y así se nos alfabetiza. Sí, fuimos alfabetizados, ¿pero aprendimos a leer?

En el mejor de los casos aprendimos a leer las informaciones del diario, las cosas claras y precisas donde dos más dos son cuatro, donde las palabras tienen un sentido unívoco y todos entendemos lo mismo. Donde la palabra árbol significa planta de tronco leñoso; donde la palabra pájaro significa animal vertebrado ovíparo con plumas; donde la palabra flor significa parte de un vegetal que contiene los órganos de reproducción de las plantas. Y si nos queda alguna duda recurrimos al diccionario y santo remedio.

Pero después volvemos a encontrar esas mismas palabras en un poema y esas definiciones no nos sirven para nada. Ahora son otra cosa, puestas en un contexto que las carga de otros sentidos, y pueden simbolizar la alegría o la tristeza, la libertad, o una puerta abierta hacia lo que nunca terminamos de comprender. Y además ya no tienen ese significado claro y unívoco que hacía que todos pudiésemos entender lo mismo. Ahora cada lector tendrá experiencias diferentes, de acuerdo a su capacidad lectora, a su sensibilidad, a su inteligencia, a su edad, a su cultura, a las posibilidades que su medio social y cultural y económico le pudo brindar.

Tal vez haya una forma de hablar más claro; lo voy a intentar con un poema de Emily Dickinson:

Para hacer una pradera
se necesitan
un trébol
una abeja
y un sueño.
Si nos falta la abeja
alcanzará con el sueño.

Repito que soy un escritor, y soy además un ciudadano preocupado por las vergüenzas que me impone esta realidad de políticos ladrones y corruptos que sistemáticamente son enjuiciados —cuando se da la buena—, cada vez que son reemplazados en el poder.

No me asisten otras especializaciones, pero sí el sentido común. No centro entonces estas consideraciones sobre la alfabetización en el trabajo del docente, que excede en demasía sus obligaciones. Miles de maestros suman a la tarea diaria, entre otras cosas, el esfuerzo solidario de atender y dar de comer a un sinnúmero de chicos, muchos de los cuales sólo van a la escuela porque hay un plato de comida.

Hablo pensando en los arbitrarios planes y cambios de planes de distintos gobiernos que inventan de un día para otro nuevos sistemas caprichosos que el próximo gobierno se encarga de cambiar por otro tan arbitrario como el que se deja de lado, y donde muy poco se atiende a las opiniones de los que tienen el contacto directo con las dificultades concretas de la enseñanza, ni de la comunidad cercana a la escuela.


El cuestionamiento y el conformismo

Si en este encuentro se busca generar espacios de reflexión entre quienes producen obras literarias, entre quienes enseñan, entre quienes analizan y discuten aspectos de la literatura, entre quienes guían y aconsejan, en especial a los chicos, seguramente no estaremos todos de acuerdo en los criterios sobre qué es la literatura, o sobre para qué sirve, o qué función cumple en la sociedad, etc. etc.

Hay, simplificando en extremo, dos o tres líneas fundamentales donde los caminos se cruzan. Por un lado quienes ven en la literatura, muy en especial en lo que respecta a la literatura infantil, una herramienta para la educación, o un objeto de entretenimiento, una especie de sano pasatiempo que aparta a los chicos de los peligros de la calle, del afuera, de las malas compañías. Ya se sabe que el lado bueno del mundo está dentro de la casa y la maldad empieza a reinar en cuanto abrimos la puerta de salida. Mejor no miremos los informes y las encuestas sobre las violencias que se producen puertas adentro y que recién en los últimos años tomaron estado público.

Y por otro lado están —estamos— quienes piensan que la literatura se instala en la sociedad de una manera comprometida, no conformista, y plantea cuestionamientos a los valores del sistema, y lucha por una justicia que vuelva a los hombres dueños de su propio destino y les permita el derecho a la felicidad.

Por una arbitraria separación de edades todo esto está permitido en los libros para grandes, pero en los libros para chicos entra en las zonas de lo prohibido, de eso que no se habla, de los múltiples tabúes que reinan en el mundo de la infancia, como si callándolos, de una manera mágica, dejasen de existir. Igual con los temas del amor, de la muerte, de las ideologías, de la sexualidad, de la violencia, considerados mayoritariamente como inadecuados.

Los libros y la realidad cotidiana no son cosas distintas. Si en la calle hay hambre, hay injusticias, hay dolor, ésos son aspectos de una realidad que debe ser transformada, y es una de las funciones del escritor colaborar a la toma de conciencia de cada uno de los conflictos desde la edad más temprana del lector.

Formar ciudadanos con pensamiento crítico, concientes de sus derechos y deberes, es un objetivo de nuestro sistema educativo. Pero en general la capacitación para el análisis y la reflexión siempre quedan como asignaturas pendientes que jamás terminan de resolverse.

Por todo esto también la importancia del papel de la biblioteca, que alberga las casi únicas expresiones que defienden el derecho a no estar de acuerdo con lo que se cree que puede ser de otra manera, o simplemente con la duda sobre lo que se está aprendiendo en el aula.

Claro que en los cuentos o en los poemas no están las soluciones, pero está la posibilidad de descubrir pensamientos más abiertos, con más propuestas, más lleno de posibilidades y de dudas. Y la duda es una ventana que puede enriquecernos más que la pobre seguridad de que dos más dos son cuatro, en la que nos apoyamos para vivir tranquilos.

Hace bastante más de un siglo surgieron las Bibliotecas Populares con la revolucionaria ley que dio impulso a una política educativa que prometía un espacio para la comunidad frente a la cultura elitista dominante. El éxito fue afianzado por posteriores gobiernos democráticos que no brillaron por su permanencia en el poder, alternados por períodos de autoritarismo militar y de autoritarismo incluso en sistemas llamados democráticos, que asfixiaron y detuvieron el desarrollo de toda forma de cultura y, en particular, la cultura popular.

Pero esta vez llevamos veinte años de gobiernos más o menos democráticos —cifra inédita en un país con tan frecuentes golpes de estado—, y fue una preocupación compartida, con los correspondientes altibajos, el hacer algo por la cultura, con especial atención al desarrollo de las bibliotecas populares y escolares. Mejorada de forma sustancial por la atención de profesionales especializados de los que antes se carecía, hoy podemos hablar del crecimiento en cantidad y calidad de bibliotecas dedicadas al público infantil, dentro y fuera de la escuela.


La censura del mercado

Vieja y maligna como todas las plagas, la censura siempre fue una debilidad de los que detentan el poder y quieren decidir qué deben leer y saber los pueblos. Hoy, en este país al que se decidió declarar por decreto como perteneciente al Primer Mundo, también se le abrieron las puertas con entusiasmo a la globalización, esa brillante idea de los países que mandan para hacernos creer que todos somos iguales si pensamos como ellos y obedecemos sus teorías.

Ahora tenemos una nueva y peligrosísima forma de censura que funciona de la peor manera: la censura que nos impone el mercado.

Es la más peligrosa porque no plantea ninguna prohibición a ningún libro. Se trata simplemente de la concentración de grandes editoriales multinacionales que se rigen por las leyes del mercado y optan por la publicación de best sellers, o por lo menos de autores famosos que aseguren el éxito comercial y rechazan todo lo que no dé grandes beneficios.

En este aspecto es también fundamental la función de las bibliotecas, que manejan un material seleccionado por su calidad, conservan las obras que el tiempo y las modas y las ventas van descartando, y crean las condiciones para que aquellos libros que respondan a criterios de buena literatura también sean tenidos en cuenta por las empresas editoras.

Pero a grandes males, grandes remedios. Organismos dependientes del gobierno nacional y de los provinciales y municipales e instituciones privadas, adquieren y distribuyen libros de literatura infantil, enriqueciendo año tras años a las escuelas con un material selecto y actualizado, tanto nacional como extranjero, aprovechando la riqueza en calidad y la abundancia de obras literarias.

Múltiples planes de promoción de la lectura fueron acrecentando el interés por el libro, aún en los lugares más pequeños y alejados de los grandes centros urbanos. Ni siquiera quedan fuera de este esfuerzo nuevas experiencias como las bibliotecas para bebés, que intentan con libros de tela o de plásticos crear desde los pocos meses de vida un acercamiento a la naturaleza del libro. Si bien estos no son prácticas que hayan logrado afianzarse en el medio, van abriendo camino y asentando el criterio de la necesidad de no dejar pasar el tiempo.

Distintas fundaciones privadas tienen hoy centrados sus intereses en cubrir las necesidades de lugares marginales, llegando hasta ellos con miles de libros acompañados por especialistas para lograr instalar la aventura de leer y la mayor efectividad en el manejo de los libros por parte de docentes y bibliotecarios.

Silenciosas y casi desconocidas por su pequeña presencia, miles de cooperadoras, en cada escuela, en cada barrio en cada pueblo, hacen una imponderable labor de hormiga que transforma radicalmente las relaciones del chico con el libro. Muchas están aprendiendo, gracias a bibliotecarios y maestros, que los libros también deben estar en el rubro "recursos escolares".

Los números que muestran la cantidad de bibliotecas atendidas por los distintos organismos, así como la cantidad de libros que se reparten gratuitamente todos los años, son muy considerables y capaces de lograr valiosas transformaciones. Y los planes de promoción de la lectura que asisten a escuelas y bibliotecas, incluyendo experiencias como bibliotecas móviles, oficiales y no oficiales, que pueden llegar a lugares donde no existe otra posibilidad, muestran una preocupación por solucionar cada problema en cada lugar.

Pero no todas son flores. Estamos registrando algunas cosas buenas que ocurren diariamente y que es válido destacar. Pero, como siempre, la moneda tiene dos caras.

La segunda cara es que todo esto tiene un valor muy relativo en la inmensa extensión de este país tan rico y tan desparejo, con una sociedad que sabe que existen los marginados porque éstos aprendieron a manifestarse en forma multitudinaria llenando las calles con sus protestas. Sus hijos son los que van a la escuela porque hay un plato de comida, tal vez la única que reciben en el día. Y mil libros, dos mil, diez mil, cien mil, que son repartidos en escuelas y bibliotecas, relativizan su importancia si sabemos que los que los necesitan son diez millones.

Toda esta aventura de leer nos lleva a incontables encrucijadas.

¿Están estos planes realizados de acuerdo a las necesidades de cada comunidad? ¿Hay suficiente apoyo al material entregado, con capacitaciones adecuadas? De todas maneras, ésta es una construcción diaria, donde juega un papel importante la toma de conciencia y la defensa de sus propias necesidades de cada comunidad y el conocimiento de su poder para reclamar y para construir.

Y una última reflexión, aprendida no sé dónde, pero que vale la pena tomar en cuenta: los libros tal vez nos hagan más conocedores, pero no más buenos. Ya se sabe que la cultura es una ventaja, pero no va necesariamente de la mano con las buenas intenciones.

Tal vez resolver esto no sea sino un sueño, una utopía, pero si bajamos los brazos y dejamos de soñar, y de pelear para que los sueños se vuelvan realidad, entonces sí que habremos perdido la partida, y desperdiciaremos los tréboles y las abejas que tenemos.


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